Sobre las alergias


 “¿Qué sucede doctor? En el momento me siento perfectamente bien y el instante después, estoy invadido de diversos males y síntomas."


Es una pregunta frecuentemente hecha a los terapeutas por los pacientes que buscan un alivio a las reacciones alérgicas provocadas por lo que han podido inhalar, ingerir o tocar, en su entorno cotidiano.

 

Si usted mismo forma parte de este grupo, usted conoce, por supuesto, la frustración y el desaliento que puede experimentar una persona que sufre de una condición alérgica. Los pacientes más afortunados lograran identificar ciertos alérgenos específicos para poder evitarlos, pero otros, sea que no hayan tenido la posibilidad de aislarse completamente de las sustancias alergizantes para ellos, sea que no hayan podido beneficiarse de un diagnóstico apropiado, verán transformarse sus alergias en males crónicos cada vez más graves.

 

En efecto, las alergias acumuladas sobre un periodo de tiempo más o menos importante pueden tener como consecuencia el desarrollo de enfermedades reales y serias.

Cuando un virus ataca al organismo, un impresionante mecanismo de defensa se pone en acción. Esta lucha para limpiar el cuerpo de los ataques virales se manifiesta con la aparición de diferentes síntomas como la fiebre, la tos, los vómitos, el cansancio, etc. Es un conjunto de signos de combate que toma lugar en el interior del cuerpo con el fin de rechazar la invasión del virus y de las toxinas producidas por este en el organismo. Sin tratamiento adecuado, estos síntomas son susceptibles de aumentar de intensidad, para desembocar en infecciones más graves.

 

De la misma manera, un contacto repetitivo con uno o varios alérgenos produce, en el interior del cuerpo, toxinas capaces de producir reacciones similares a aquellas producidas por el ataque viral. No detectar o mal diagnosticar una sensibilidad alérgica puede, en consecuencia, producir resultados dramáticos para los pacientes afectados. Por otra parte, es curioso constatar que las reacciones alérgicas imitan perfectamente los síntomas habitualmente atribuidos a otras patologías, desconcertando tanto al práctico como al paciente.

 

Tales problemas respiratorios como las bronquitis, las neumonías o el asma; los desórdenes circulatorios como dolores de pecho, mala circulación, un ritmo cardíaco demasiado rápido o irregular; los diversos problemas gastrointestinales, como las úlceras, la indigestión, el hinchazón de estómago, la diarrea, los retortijones de estómago y otras colopatías; los desórdenes genitourinarios, como las infecciones renales y urinarias, desórdenes de la próstata, síndromes premenstruales y desórdenes hormonales, los problemas relacionados con el esqueleto y los músculos como los dolores misteriosos, los dolores de cabeza, las jaquecas, la artritis; los desórdenes mentales y cerebrales como la confusión mental, la depresión, el déficit de atención o la hiperactividad; los problemas de piel como el eccema, los forúnculos, la acné, la urticaria, los problemas para cicatrizar, y todas las reacciones directas a substancias que nos rodean o a productos químicos como los perfumes, pólenes, pelos y partículas de animales, moquetas y materiales de construcción, solventes o productos del hogar... todos estos problemas de salud (y muchos más) pueden potencialmente ser el resultado sintomático de una sensibilidad alérgica.

 

A falta de un diagnóstico adecuado, un tratamiento puede agravar el estado del paciente. Las alergias, en sus formas más leve, no son en efecto nada más que perjuicios fácilmente tolerables. Al contrario, para ciertas personas, un contacto con un alérgeno, aunque sea fortuito, puede iniciar la producción de toxinas muy peligrosas, provocando enfermedades graves, como si fuera un verdadero veneno.

 

El diagnóstico no es por lo tanto fácil, y además cuando  los síntomas son moderados, lo menos sencillo es aplicar un tratamiento apropiado. ¿Cómo poder tratar por ejemplo alguien que cada día se siente "despistado" o que sufre regularmente de breves pérdidas de memoria, una tos o dolor de garganta moderados pero persistentes, dolores de cabeza sin duda soportables pero de repetición y que no responden a los analgésicos, un dolor muscular que no desaparece nunca verdaderamente, o picazones constantes en los miembros que aún un neurólogo no consigue diagnosticar?

 

Algunos de estos pacientes, por desgracia, han consultado médicos tantas veces sin haber podido conseguir un alivio real que llegan a sentirse ignorados o despreciados, dejando de contar las ocasiones donde fueron calificados de hipocondríacos o diagnosticados de variados trastornos físicos.